EL MITO DE LA BLITZKRIEG. La campaña de 1940 en el Oeste.

Cuando han transcurrido setenta y un años ya, la sorprendente derrota ingligida por las fuerzas alemanas a los aliados en 1940 continúa fascinando a los estudiosos y lectores de la historia militar. La batalla de Francia duró apenas siete semanas y proporcionó a Hitler el dominio de Europa Occidental, un dominio que mantuvo prácticamente hasta el penúltimo año de la guerra. Esta campaña de Francia fue también mucho más que las victorias alemanas contra Polonia, Dinamarca y Noruega el origen de la expresión popular y de la leyenda de la Blitzkrieg, la guerra relámpago alemana.

En The Blitzkrieg Legend, el teniente coronel Karl-Heinz Frieser examina todos los factores, a menudo tergiversados o comprendidos a medias, que llevaron a la decisiva derrota aliada en los meses de mayo-junio de 1940. El libro está dividido en dos partes: en la primera, el autor examina los efectivos de ambos bandos, y luego realiza un análisis interesantísimo de las consideraciones estratégicas de los rivales: en la segunda parte, se examinan con detalle los factores operativos de la campaña y los motivos del triunfo alemán.

En la primera parte, Frieser sostiene que las opciones estratégicas escogidas por ambos bandos dependían en gran medida de los prejuicios (o si se quiere, de las ideas adquiridas) por los generales en la Primera Guerra Mundial. Los aliados optaron por una aptitud puramente defensiva y lineal. Incluso el famoso plan Dyle, que preveía un avance dentro de Bélgica, no era más que una medida defensiva: el plan Dyle pretendía evitar que la Luftwaffe ocupara los aerodromos de los Países Bajos, desde los que podría bombardear Gran Bretaña, y además llevaría los combates a Bélgica y Flandes, aislando de alguna forma los daños colaterales (una estrategía tan antigua como la guerra).

A esta pasividad operacional se sumaron los daños producidos por la autoconfianza en sus métodos de lucha y por el llamado periodo de la guerra de broma que se extendió entre la caída de Polonia y el inicio de la operación alemana contra Francia en mayo, nueve meses de calma que consumieron a los aliados en sus posiciones, sus Maginots y su apatía, mientras los alemanes se empleaban a fondo en la concepción de sus planes. Los políticos y generales aliados (con la excepción de unos pocos oficiales, como De Gaulle) creyeron que Hitler sería derrocado por sus propios mandos, que el bloqueo naval a Alemania acabaría postrando al enemigo antes de librar una batalla decisiva en el Oeste o que, en el caso de que los alemanes atacaran, no sería difícil derrotarles como en 1914. La rigidez defensiva estaba tan incrustada en la psique de los oficiales y soldados aliados que no estaban sencillamente preparados para admitir que el adversario pudiera darles una batalla de movimiento, a pesar de las noticias de la utilización limitada, pero letal- del arma panzer en la derrota de Polonia.

Los alemanes tampoco habían podido librarse de las amargas lecciones de la guerra de 1914-1918. Hitler no creía en una victoria rápida, sino más bien en una guerra larga y costosa. Los generales simplemente habían considerado la declaración de guerra a Francia y Gran Bretaña como una catástrofe. El 27 de septiembre, el mismo día que caía Varsovia, Hitler comunicó a los generales en la Cancillería que se disponía a atacar Francia ante de que acabara 1939. Solo a costa de grandes esfuerzos se consiguió convencer a Hitler de que tal cosa era imposible, ya que la Wehrmacht había consumido buena parte de sus recursos en el ataque a Polonia. A título de ejemplo, según la tabla que Freiser muestra, los alemanes habían utilizado el 48 por 100 de sus bombas de aviación de 500 kg o el 30 por 100 de sus municiones de infantería. Las lagunas en el equipamiento de las divisiones panzer eran tremendas y la pausa entre el final de las operaciones en Polonia y el comienzo del ataque a Francia resultó esencial: entre octubre de 1939 y mayo de 1940, los Panzer III y IV, los únicos modelos que realmente podían considerarse carros de combates medios, pasaron de 151 a 785 y de 143 a 290, respectivamente.

El primer plan de operaciones en el Oeste propuesto a Hitler por el OKH (Alto Mando del Ejército), bajo la égida del cerebral Halder, era poco menos que una reedición del plan Schlieffen de 1914. La única diferencia residía en que el ala derecha alemana no giraría en dirección suroreste, hacia París, como en 1914, sino que lo haría en dirección noroeste, en dirección al Canal de la Mancha, con la intención de encerrar a los aliados en una bolsa al norte del Somme. Freiser analiza con todo detalle el intercambio de ideas entre el OKH y el aficionado Hitler, cuyas ideas sobre la guerra estaban más apolilladas de lo que las historias posteriores, atribuyéndole la genialidad de Sedan y demás, han podido mostrar. Pero en esencia, con gancho de derecha o no, los alemanes estaban prácticamente convencidos de que, para derrotar a Francia, tendrían que librar una dura batalla de desgaste similar a la de 1914. No imaginaban la increible victoria que obtendrían.

Finalmente, Manstein, adjunto de Rundstedt (y por tanto rival de Halder) imaginó el esquema del que sería el llamado Plan Amarillo o golpe de guadaña alemán en mayo de 1940. En vez del ataque en un frente amplio a través de Holanda y Bélgica propuesto por Halder, Manstein propuso un ataque con fuerzas panzer en un frente estrecho, a partir del cruce del Mosa en Sedan, seguido por una rápida penetración en la retaguardia aliada. Hitler dio su aprobación a la opción de Manstein, apoyando la opción más elástica y moderna, frente al conservadurismo de Halder y el OKH. El plan de Manstein, imprevisible y basado en el efecto sorpresa, era el antecedente de las extraordinarias tácticas defensivas-ofensivas practicadas en el frente oriental después del desastre de Stalingrado. Junto a Model, Manstein puede ser considerado el mejor especialista operacional alemán de la Segunda Guerra Mundial. Su grandes triunfos fueron Sebastopol y Jarkov, sus grandes errores, Stalingrado (la operación de rescate de Paulus, en parte obstaculizada por Hitler) y Kursk. Después de las batallas de enero de 1944 perdió el favor de Hitler y fue cesado.

El principal mérito de la obra de Freiser es la de tratar de refutar muchas de las ideas equivocadas de la imaginería popular sobre la guerra relámpago: los gigantescos carros alemanes enfrentados a minúsculos o casi inexistentes carros franceses e ingleses, la superioridad de los soldados alemanes frente a los reservistas franceses, etcétera. En definitiva, y como diría uno de los culpables del desastre, Weygand, un ejército de 1940 había vencido a un ejército de 1918. Si bien una buena parte de la historiografía francesa ya había tratado estos temas, como ya se dijo anteriormente en este foro de Novilis (creo que fue Koenig, si no recuerdo mal) era interesante que lo hiciera un autor alemán, además tan cualificado, para que los mal pensados no acusaran a los historiadores franceses de chauvinismo.

Los franceses y británicos pelearon con gran valor y poca o ninguna imaginación. La guerra de 1939 no había conseguido movilizar los entusiasmos de la República Francesa, y la extraña derrota de la que hablaba Marc Bloch puede atribuirse en gran parte al desaliento con el que había ido al combate Francia, minada por las rivalidades políticas. El Partido Comunista Francés, de acuerdo con las órdenes de Moscú, había ordenado sabotear el esfuerzo de guerra en la industria y en el frente: una cierta derecha, de gran influencia en la Administración y el Ejército, parecía considerar a Hitler un mal menor al lado del peligro británico. Cuando se firmara el Armisticio muchos de ellos correrían a ofrecer sus servicios a Pétain. El que fue ministro de la Guerra en Vichy, el general Charles Huntziger, era el comandante del II Ejército en 1940. El 13 de mayo, el tercer día de la ofensiva alemana, se disponía a almorzar en vajilla de plata, servida con ordenanzas de guante blanco, cuando le comunicaron que cuarenta alemanes habían cruzado el Mosa en botes neumáticos. Eso nos dará cuarenta prisioneros, comentaron en la mesa los oficiales que acompañaban al general. Eran los elementos de cabeza del grupo blindado Guderian. Veinticuatro horas después, todo el frente francés en el Mosa se derrumbó como un castillo de naipes.

Los alemanes, por su parte, estaban lejos de ser la máquina militar invencible que la leyenda popular imagina. Cuando la Werhmacht pasó al ataque en mayo de 1940, una buena parte de sus hombres movilizados, especialmente los de las quintas más jóvenes, tenían defectos notables de instrucción y equipamiento. La proporción de unidades motorizadas era de apenas un 10 por 100 (10 panzerdivisionen y 6 divisiones motorizadas de las 157 divisiones en el Oeste), y sustancialmente la Wehrmacht seguía siendo un ejército hipomóvil (2.700.000 caballos en 1940, frente a los 1.400.000 de 1914). De no haber sido por el botín obtenido en la ocupación de Checoslovaquia, el OKH se hubiera visto obligado a reconvertir en divisiones de infantería convencionales parte de las de fusileros motorizados. Los alemanes disponían de unos 120.000 camiones, frente a 300.000 de los franceses. Otro mito, la superioridad del material alemán, también es tratado en el libro. Un carro como el francés Char B no solo era superior en blindaje y en el calibre de sus armas principales (especialmente cuando se le compara con los Panzer II y III de 1940), sino que además los aliados disponían de muchos más carros pesados que sus rivales.

Hitler y el OKH quedaron tan sorprendidos por su victoria como los aliados (con resultados completamente diferentes, claro está). Lejos de ser una ofensiva cuyo éxito se había planificado, el éxito de la guerra relámpago (o mejor dicho, de la guerra que la propaganda llamaría después guerra relámpago) no fue ni premeditado ni imaginado. El puñado de divisiones alemanas de élite (las panzer y las motorizadas que les acompañaban) se encontraron con la ocasión y la aprovecharon con decisión y una confianza suprema en estar viviendo una decisiva aventura militar. Guderian y otros oficiales que habían teorizado sobre la guerra panzer estaban en cabeza de las fuerzas de ruptura, lo que facilitaba la fluidez de las decisiones y la rapidez, esenciales para la guerra blindada.

Curiosamente, la guerra de 1940 borró de un plumazo la pesadilla del Estado Mayor alemán, fascinado desde Federico el Grande por una maniobra de flanqueo decisivo, una Cannas en el Oeste que en 1914 no había funcionado ante la resistencia de Joffre en el Marne. Cuando no sospechaban que tal cosa pudiera ser posible, los alemanes consiguieron su victoria en Sedan. Goebbels y su bien afilada máquina de propaganda hicieron el resto para convencer al mundo entero que la guerra alemana era una nueva guerra, un puño acorazado ante el que no cabía resistirse. Pero las distancias rusas de 1941 no eran las distancias francesas de 1940. Cuando Hitler intentó aplicar en Rusia lo que en Francia no había sido más que una improvisación afortunada, el fracaso fue rotundo y costó la guerra a Alemania.

En la segunda parte del libro, Freiser analiza pormenorizadamente, casi hora a hora, las operaciones de los blindados alemanes, especialmente de los Panzergruppe Guderian y Kleist, la punta de lanza del golpe de guadaña alemán (expresión esta, por cierto, cuya autoría procede de Churchill, que el mismo día del comienzo del ataque en el Oeste, el 10 de mayo de 1940, fue nombrado Primer Ministro). El lector, incluso el que ya conozca la fulgurante explotación panzer alemana a partir de Sedan, quedará igualmente cautivado por la claridad y la vivacidad de la narración que consigue captar la velocidad del avance blindado. Es aquí donde se nota que Freiser es un soldado profesional, al tiempo que un historiador, y que sus conocimientos del campo de batalla sobrepasan a los de los mejores académicos civiles.

Finalmente, fue el propio Hitler por razones que permanecen confusas y que forman parte de los puntos oscuros de una personalidad no precisamente demasiado expansiva como la de Hitler- el que frenó a los panzer ante la bolsa de Dunkerque. Es evidente que la decisión no solo fue militar, también pesó en ella la idea de Hitler de que no debía humillar a los británicos hasta el punto de empujarles a una acción desesperada. A enemigo que huye, puente de plata, dice el refrán, y Hitler creía que necesitaría a los británicos para gobernar Europa. Por otra parte, y de forma más inmediata, el OKH había entrado en un estado de pánico al imaginar que los franceses se disponían a lanzar un contrataque contra el ala izquierda alemana, expuesta completamente tras el espectacular giro realizado en la orilla norte del Somme (después de todo, en septiembre de 1914, en el Marne, eso era ni más ni menos lo que había ocurrido). Los carcamales del OKH estaban asombrados de la rapidez del avance y de la altanería de los comandantes de carros, que amenazaban con mandarlos directamente al trastero de los guerreros viejos, de la misma forma que habían mandado a los generales franceses y británicos, cuya capacidad de adaptación a las nuevas circunstancias había demostrado ser nulo. Hitler, pues, salvó a la British Expeditionary Force de ser aniquilada en las playas: los británicos evacuaron, rechazaron sus pretensiones de paz y hasta junio de 1941, siguieron luchando solos contra el dueño de Europa. Es probable que el parón de las panzer ante Dunkerque sea uno de los momentos más decisivos de la historia de la Segunda Guerra Mundial, y por ende de nuestra historia: uno de los errores monumentales de Hitler, aunque un error que solo puede verse en retrospectiva.

En resumen, un libro muy recomendable, uno de los mejores trabajos sobre la campaña de 1940, complementado con nada menos que 48 mapas en color realizados por la Sección Cartográfica de los Archivos Históricos del Bundeswehr en Friburgo, y esquemas y gráficos muy bien realizados.

EL MITO DE LA BLITZKRIEG. La campaña de 1940 en el Oeste.

25,00 €
Quantitat

32147

Especificacions

Tipus
Llibre
Autor
Karl-Heinz Frieser
Idioma
Español
Págines
541
Tapes
Toves
Entrega
Disponible habitualment

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